jueves, 10 de febrero de 2022

UN MANEJO DEPLORABLE

La máxima aspiración de la Política del siglo XX era secuestrar la Sanidad, conseguida en el siglo XXI, gracias a una pandemia oriental teledirigida, y con el fin de viciar, en tiempo real, la vida privada – Alfonso Campuzano


Antes de declararse la pandemia por coronavirus SARS-CoV-2 no es la primera ni tampoco será la última, y todas procediendo de Orientesin investigar y sin explicar su por qué las enfermedades transmisibles, como su nombre indica, contagiaban, pero no se le daba la debida importancia estadística que actualmente se está desarrollando a tiempo real con el contubernio de los medios de difusión social, en la que se utiliza la mascarilla como un método novedoso y casi confiscatorio para la A.E.A.T. léase Agencia Estatal de Administración Tributaria– por su elevado precio, al menos en España, del que no se escapa nadie, y que, a la vez, atemoriza y manipula en manos desaprensivas controladoras de entes.

Hasta 2020, las vacunas se comerciaban en una sola pieza, es decir, la jeringa estaba programada individualmente con la carga de la dosis inyectable, además de la aguja incorporada, de manera que, si surgía una complicación o un efecto secundario desfavorable, como ocurre con toda medicación desde la noche de los tiempos farmacológicos, la responsabilidad correspondía al laboratorio investigador y comercializador, sin más.

La sorpresa es mayúscula cuando los canales informativos desvelan diariamente cómo se administran las vacunas contra el coronavirus SARS-CoV-2, ya que incumplen las normas de asepsia y antisepsia como son las de extraer la jeringa de su envoltorio, añadirle una aguja, con al que se carga la dosis de un envase pentavial, y no monodosis, pinchar el brazo sin desechar la aguja por otra estéril. Esta acción, en caso de haber algún efecto colateral desfavorable, por supuesto que lo habrá, exime de culpa al laboratorio, en tanto que la responsabilidad recae en el manipulador de la jeringa y aguja, que suman cientos de miles.

Sobre todo después de conocer que la UE léase Unión Europea firmara con los laboratorios investigadores y expendedores que, si surgían efectos colaterales desagradables, la responsabilidad criminal sería única y exclusivamente de los gobiernos de los países compradoresnunca de ellos. Y las indemnizaciones no serían a cargo de los políticos firmantes del acuerdo, sino de los contribuyentes, vamos, como siempre ha sido, y será, si alguna generación no lo remedia atando  muy corto a los representantes responsables.

Una acción demasiado desafortunada, que habrá partido de algún cargo a la defensiva, debido a la premura política, que nunca sanitaria, donde los tiempos de investigación son los tiempos inexcusablementedonde los resultados, si se saltan, no son los mismos, pues incluso son letales.

Un experimento sanitario a escala mundial, como el que se está llevando a cabo actualmente, exige mucha más ética que la mostrada si es que, entre los políticos, alguien sabe qué significa este vocablo, y demostrada por ciertos gobiernos. Así que, de ahí el refrán español: ‘No hay que pedir peras al olmo’.

El por qué de toda esta parafernalia sanitaria emitida en tiempo real, desde hace más de dos años, como si se tratara de la guerra en Vit Nam, habrá que preguntárselo no a un jurista, sino a varios.


ALFONSO CAMPUZANO

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jueves, 3 de febrero de 2022

HACIA UNA INGENIERÍA CÁRNICA

Todo experimento industrial de naturaleza alimentaria, para poder incorporarlo a la sociedad consumista, debe pasar unos controles rigurosamente cifrados en años – Alfonso Campuzano


La industria cárnica está en transformación quizá desde el momento en que se anunció, vía difusión, el inicio de un culto al cambio climático, nada nuevo, sobrevalorado a partir del año 2000 con el ambientalista Albert Arnold Gore, tras recibir el premio Nobel de la Paz, gracias a las empresas multinacionales que deciden qué se debe comer en cualquier momento del día, y no digamos del año.

A primera vista, parece ser que se está fomentando un gran negocio, no nuevo, sino novísimo, en un horizonte aún lejano, y por visibilizar, con el ánimo consciente o inconscientemente puesto en hundir, incluso hacer desaparecer la ganadería tradicional, poniendo como excusa máxima que los seres humanos habitantes de la nave espacial azul, dentro de tres decenios sumarán nueve mil millones, olvidándose de que los países tercermundistas apenas huelen, y olerán, las proteínas de la carne.

La idea principal del proceso de ingeniería trata de conseguir la elaboración de las proteínas propias de la carne actualmente proceden de recursos naturales, en un laboratorio industrial. Para ello, se utiliza una pieza muscular de cualquier animal, vivo y teóricamente sano, ya sea cerdo, cochinillo, cordero, lechazo, gallina, pollo, ternera, vaca, etcétera, y se introduce en un receptáculo de acero inoxidable, denominado biorreactor, donde se mezcla con un líquido de cultivo para formar una masa, que irá reaccionando químicamente, a base de estimulaciones eléctricas, conservando las características biológicas y físicas primitivas, preservando la acidez, la humedad, la temperatura, hasta convertirse en una apariencia y configuración determinados previamente como chuleta, chuletón, hamburguesa, salchicha, etcétera, para su comercio, no sin antes tener que ser  autorizado a nivel mundial como un producto alimenticio, que no es poco, aunque sin el valor nutritivo primigenio.

Esta fase experimental de carne cultivada se ha filtrado a la prensa demasiado pronto, pues lo que deja entrever es que el camino que debe recorrer, como todo experimento, será arduo y largo, posiblemente decenas de años hasta conseguir la imitación perfecta de las características que la carne natural ofrece, es decir, olor, contextura, gusto, tono, etcétera.

Al ser este tipo de carne artificial un producto industrial, además de nuevo, hay que contar con sus más que probables amenazas a la garantía dietético-sanitaria, ya que puede provocar metamorfosis hereditaria que conduzca irremediable y peligrosamente hacia alergias, ancianidad, tumoraciones, etcétera.

Al tratarse de un proceso automatizado y manufacturado de manipulación de estructuras celulares, a modo de remedio renovador eminentemente social, ha sorprendido que produce mayores emanaciones que la ganadería tradicionalPor otra parte, el resultado tiene un coste desorbitado, incluso inalcanzable para cualquier consumidor.

A pesar de que esta carne no real, sintética, no está autorizada en la U.E. Unión Europea, el gobierno socialista de Pedro Sánchez eminentemente repartidor del dinero de los contribuyentes ha subvencionado con más de tres millones de euros concretamente 3.700.00€ para impulsarla.

Si carne no es, aunque proteínas tiene, ¿cómo nombrarla?


ALFONSO CAMPUZANO

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