martes, 8 de marzo de 2022

EN BUSCA DE LA EXCELENCIA

El material quirúrgico de alta tecnología ha de ir acompañado siempre de una vestimenta apropiada que impida el trasiego de gérmenes entre operador y operado – Alfonso Campuzano


A finales del siglo XIX se produjo salto cualitativo en la cirugía, merced a la puesta en marcha de conocimientos que, desde hacía tiempo, venían siendo demostrados y tan indispensables, entre otros, como son la antisepsia, asepsia, narcosis –sedación, anestesia, coma inducido–, ayudados por una tecnología cada vez más sofisticada, sin los cuales sería imposible despegar y evolucionar hasta donde se ha llegado en poco más de un siglo después al lograr disminuir considerablemente las complicaciones, sobre todo las infecciones tanto intraoperatorias como  postoperatorias.

Todo lo que acontece en el área quirúrgica se asemeja a un ritual reiterativo solemne cada vez que el personal accede al recinto, sobre todo, y fundamentalmente, el equipo quirúrgico, y con un fin primordial, es decir, preservar de inconvenientes a quienes ceden la profanación de su cuerpo para que sea reparado en condiciones óptimas.

En un principio, se pasó de utilizar la vestimenta de calle –nido de gérmenes más o menos patógenos– a desecharla y cambiarla por una indumentaria exclusiva y necesaria, hecha en tejido tradicional, a base de tela, para ejercer en las mejores circunstancias para el paciente durante el tiempo operatorio. Sin embargo, fue a raíz de la introducción paulatina –años sesenta del siglo pasado–, de materiales como la celulosa, de un sólo uso y estéril, cuando la mejoría se hace ostensible con el fin de no perder tiempo y dinero en lavar y esterilizar hasta acabar con su total resistencia.

La implantación de la ducha, antes de entrar en la sala quirúrgica, aunque el personal venga duchado de casa. El pijama limpio con manga corta. El gorro utilizado como impedimento de contagio biológico, cuyo diseño ideal es el integral, de único uso, preferiblemente en celulosa, rechazable y nunca reutilizable, modelado con frívolos colores en una zona hospitalaria tan respetable. La mascarilla, también es desechable, que impide a líquidos y bichos orgánicos del paciente anestesiado entren en contacto con boca y nariz de los operadores, y viceversa. Las calzas, de usar y tirar, que actúan como barrera que protege a los zuecos de quirófano.

En la higiene de las manos se utiliza jabón líquido normal durante diez minutos o un jabón líquido antiséptico durante tres minutos mediante un intenso cepillado de uñas, dedos, manos, antebrazos hasta codos y abundante agua de arrastre. El secado de manos únicamente con una compresa estéril proporcionada por la enfermera embatada, enguantada, con material estéril, antes de que le sea colocada la bata estéril –doble, en ciertas ocasiones–, que si se humedece durante la intervención, o se alarga el tiempo quirúrgico más de lo previsto, se ha de cambiar por otra.

Los guantes estériles de látex, o de nitrilo para personas alérgicas –dobles, según el caso–, que si se deterioran o cuando el tiempo quirúrgico se alarga, se deben eliminar por otros nuevos. Hubo una época –en la postguerra, incluso hasta los años setenta del siglo pasado– en la que se esterilizaban las veces que fueran necesarias, hasta que resultaban inservibles, ¿por ahorro o por distribución fallida? Lo que, al disminuir la resistencia, probablemente daba lugar a infecciones con las que ya se contaba.

Ni que decir tiene que, en sus comienzos, la cirugía trataba de amputar más que reparar la zona deteriorada –de ahí la frase: ‘cortar por lo sano’– para salvar la mayor parte orgánica indemne, incluso la vida. Con el devenir de la tecnología puntera, la cirugía ha progresado tanto –en unas especialidades más que en otras– hasta conseguir una tendencia fundamentalmente reparadora de órganos, articulaciones, incluso reemplazadoras, utilizando materiales biocompatibles con los tejidos humanos, muchos de ellos investigados y conseguidos por astronautas, cosmonautas, taikonautas, durante su estancia en la ISS –Estación Espacial Internacional– desde su lanzamiento en 1998.

Ello ha hecho que diferentes oficios y profesiones –sin relación con la Medicina y la Cirugía, y que no es a preciso nombrar por ser de visión casi diaria– hayan considerado utilizar dichas prendas, fundamentalmente la bata y gorro, aunque no de un sólo uso y, a la vez, sin cambio, tocar todo lo que pille a mano, en referencia a los guantes.


ALFONSO CAMPUZANO

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jueves, 10 de febrero de 2022

UN MANEJO DEPLORABLE

La máxima aspiración de la Política del siglo XX era secuestrar la Sanidad, conseguida en el siglo XXI, gracias a una pandemia oriental teledirigida, y con el fin de viciar, en tiempo real, la vida privada – Alfonso Campuzano


Antes de declararse la pandemia por coronavirus SARS-CoV-2 –no es la primera ni tampoco será la última, y todas procediendo de Oriente, sin investigar y sin explicar su por qué– las enfermedades transmisibles, como su nombre indica, contagiaban, pero no se le daba la debida importancia estadística que actualmente se está desarrollando a tiempo real con el contubernio de los medios de difusión social, en la que se utiliza la mascarilla como un método novedoso y casi confiscatorio para la A.E.A.T. –léase Agencia Estatal de Administración Tributaria– por su elevado precio, al menos en España, del que no se escapa nadie, y que, a la vez, atemoriza y manipula en manos desaprensivas controladoras de entes.

Hasta 2020, las vacunas se comerciaban en una sola pieza, es decir, la jeringa estaba programada individualmente con la carga de la dosis inyectable, además de la aguja incorporada, de manera que, si surgía una complicación o un efecto secundario desfavorable, como ocurre con toda medicación desde la noche de los tiempos farmacológicos, la responsabilidad correspondía al laboratorio investigador y comercializador, sin más.

La sorpresa es mayúscula cuando los canales informativos desvelan diariamente cómo se administran las vacunas contra el coronavirus SARS-CoV-2, ya que incumplen las normas de asepsia y antisepsia como son las de extraer la jeringa de su envoltorio, añadirle una aguja, con al que se carga la dosis de un envase pentavial, y no monodosis, pinchar el brazo sin desechar la aguja por otra estéril. Esta acción, en caso de haber algún efecto colateral desfavorable, por supuesto que lo habrá, exime de culpa al laboratorio, en tanto que la responsabilidad recae en el manipulador de la jeringa y aguja, que suman cientos de miles.

Sobre todo después de conocer que la UE –léase Unión Europea– firmara con los laboratorios investigadores y expendedores que, si surgían efectos colaterales desagradables, la responsabilidad criminal sería única y exclusivamente de los gobiernos de los países compradores, nunca de ellos. Y las indemnizaciones no serían a cargo de los políticos firmantes del acuerdo, sino de los contribuyentes, vamos, como siempre ha sido, y será, si alguna generación no lo remedia atando  muy corto a los representantes responsables.

Una acción demasiado desafortunada, que habrá partido de algún cargo a la defensiva, debido a la premura política, que nunca sanitaria, donde los tiempos de investigación son los tiempos inexcusablemente, donde los resultados, si se saltan, no son los mismos, pues incluso son letales.

Un experimento sanitario a escala mundial, como el que se está llevando a cabo actualmente, exige mucha más ética que la mostrada –si es que, entre los políticos, alguien sabe qué significa este vocablo–, y demostrada por ciertos gobiernos. Así que, de ahí el refrán español: ‘No hay que pedir peras al olmo’.

El por qué de toda esta parafernalia sanitaria emitida en tiempo real, desde hace más de dos años, como si se tratara de la guerra en Việt Nam, habrá que preguntárselo no a un jurista, sino a varios.


ALFONSO CAMPUZANO

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jueves, 3 de febrero de 2022

HACIA UNA INGENIERÍA CÁRNICA

Todo experimento industrial de naturaleza alimentaria, para poder incorporarlo a la sociedad consumista, debe pasar unos controles rigurosamente cifrados en años – Alfonso Campuzano


La industria cárnica está en transformación –quizá desde el momento en que se anunció, vía difusión, el inicio de un culto al cambio climático, nada nuevo, sobrevalorado a partir del año 2000 con el ambientalista Albert Arnold Gore, tras recibir el premio Nobel de la Paz–, gracias a las empresas multinacionales que deciden qué se debe comer en cualquier momento del día, y no digamos del año.

A primera vista, parece ser que se está fomentando un gran negocio, no nuevo, sino novísimo, en un horizonte aún lejano, y por visibilizar, con el ánimo consciente o inconscientemente puesto en hundir, incluso hacer desaparecer la ganadería tradicional, poniendo como excusa máxima que los seres humanos –habitantes de la nave espacial azul, dentro de tres decenios– sumarán nueve mil millones, olvidándose de que los países tercermundistas apenas huelen, y olerán, las proteínas de la carne.

La idea principal del proceso de ingeniería trata de conseguir la elaboración de las proteínas propias de la carne –actualmente proceden de recursos naturales–, en un laboratorio industrial. Para ello, se utiliza una pieza muscular de cualquier animal, vivo y teóricamente sano, ya sea cerdo, cochinillo, cordero, lechazo, gallina, pollo, ternera, vaca, etcétera, y se introduce en un receptáculo de acero inoxidable, denominado biorreactor, donde se mezcla con un líquido de cultivo para formar una masa, que irá reaccionando químicamente, a base de estimulaciones eléctricas, conservando las características biológicas y físicas primitivas, preservando la acidez, la humedad, la temperatura, hasta convertirse en una apariencia y configuración determinados previamente como chuleta, chuletón, hamburguesa, salchicha, etcétera, para su comercio, no sin antes tener que ser  autorizado a nivel mundial como un producto alimenticio, que no es poco, aunque sin el valor nutritivo primigenio.

Esta fase experimental de carne cultivada se ha filtrado a la prensa demasiado pronto, pues lo que deja entrever es que el camino que debe recorrer, como todo experimento, será arduo y largo, posiblemente decenas de años hasta conseguir la imitación perfecta de las características que la carne natural ofrece, es decir, olor, contextura, gusto, tono, etcétera.

Al ser este tipo de carne artificial un producto industrial, además de nuevo, hay que contar con sus más que probables amenazas a la garantía dietético-sanitaria, ya que puede provocar metamorfosis hereditaria que conduzca irremediable y peligrosamente hacia alergias, ancianidad, tumoraciones, etcétera.

Al tratarse de un proceso automatizado y manufacturado de manipulación de estructuras celulares, a modo de remedio renovador eminentemente social, ha sorprendido que produce mayores emanaciones que la ganadería tradicional. Por otra parte, el resultado tiene un coste desorbitado, incluso inalcanzable para cualquier consumidor.

A pesar de que esta carne no real, sintética, no está autorizada en la U.E. –Unión Europea–, el gobierno socialista de Pedro Sánchez –eminentemente repartidor del dinero de los contribuyentes– ha subvencionado con más de tres millones de euros –concretamente 3.700.00€– para impulsarla.

Si carne no es, aunque proteínas tiene, ¿cómo nombrarla?


ALFONSO CAMPUZANO

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martes, 25 de enero de 2022

LA NUTRICIÓN ACTUALIZADA

La nutrición, para bien o para mal, y gracias a intereses oscuros apoyados por la red social, se ha convertido en teledirigida – Alfonso Campuzano


No es extraño leer cada día, en diferentes periódicos y revistas, artículos señalando que tal o cual alimento goza o no de bula para poder entrar o no en el paraíso del beneficio humano. La mayor parte son contradictorios aunque, eso sí, asegurando que están basados en evidencias más o menos científicas, que conducen a alterar el ritmo del mercado, de manera que, si está saturado, para que haya ventas, hay que anunciar eficacia, pues en caso contrario hay que anunciar ineptitud.

De esta manera se ha conseguido, gracias a premisas falsas y a la utilización de desinformación interesada, que la dieta nutricional se transforme paulatinamente en una dieta políticamente ocurrente, privando al organismo de ciertos nutrientes, según y cómo, según la época, transmitiendo el vocablo perjudicial, porque sí, y sin fundamentos doctos, sino más bien como un experimento nutricional teledirigido para ampliar o disminuir –nunca se sabe–, el mercado de casi ocho mil millones de seres humanos.

El metabolismo de los glúcidos o carbohidratos –azúcares, pasta, frutas–, lípidos o grasas –animales y vegetales, saturadas e insaturadas, frutos secos–, prótidos o proteínas –huevos, pescados azules y blancos, carnes rojas y blancas, es decir, recursos naturales–, está unificado mediante las reacciones propias del ciclo de Krebs a nivel de la matriz mitocondrial celular.

Los glúcidos, tan necesarios para la actividad muscular, son imprescindibles para el cerebro, ya que sin ellos la depresión hace su aparición. Los lípidos han tenido sus épocas, con estadísticas en forma de dientes de sierra, como todo, porque nada es uniforme ni siquiera el clima. Los prótidos, tan vilipendiados en los últimos cincuenta años, sin necesidad de viajar más atrás en el tiempo, han tenido altibajos, y los siguen teniendo, por división de opiniones, pasando por la criba entre beneficiosos y perjudiciales, según el viento progre que sople, sin tener en cuenta que, gracias a los hombres primitivos, cazadores  neandertales, el homo sapiens pisa fuerte en este planeta azul.

La carne ha tenido su moda fundamentalmente con el cordero, el cerdo, la vaca, la gallina, de manera que algún investigador le ha dado por maldecir la carne roja en beneficio de carne más joven como lechazo, cochinillo, ternera, pollo. Se puede preguntar a países  tercermundistas –portadores de enfermedades crónicas debido a su hambruna– si consumen carne excesivamente. El problema de consumir es que hay que vigilar e inspeccionar la alimentación y conservación de los productos –conservantes, colorantes, excipientes, verdaderas bombas de relojería alérgica, y nunca el producto primario en sí–. Vivir tiene sus riesgos, y hay que afrontarlos, pero sin tantos impedimentos.

Fomentar la inversión en agricultura e industria, y sin subvencionar a fondo perdido, sino como mucho, ofrecer créditos a interés cero para que se vea el fruto del trabajo.

Al observar las toneladas diarias de comidas que van al vertedero, desde 1986, la normativa europea ha pasado de tener fecha de caducidad a consumir preferentemente antes de, porque los productos no se deterioran de un día para otro, sino que lo hacen paulatinamente dando un margen añadido y suficiente para ser consumidos sin perjuicio para el organismo humano.

Corolario: El agua, un bien preciado, abundante en la naturaleza –no en vano ocupa tres cuartas partes de la nave espacial azul, y del que el hombre todavía no ha sido capaz de controlar en su beneficio, quizá por intereses creados en contra–, escasea en zonas por falta de inversión, lo que le convierte en un adversario difícil de combatir y doblegar. Zonas desérticas transformadas en zonas fértiles, tomando como ejemplo al Estado de Israel con sus magníficas centrales desalinizadoras, al contrario del fiasco generado en España.


ALFONSO CAMPUZANO

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martes, 11 de enero de 2022

PREMISA DE DUDOSA ETIOLOGÍA

La evidencia de que la enfermedad existe contrasta con el protagonismo político en lugar del sanitario para frenar su propagación con medios adecuados – Alfonso Campuzano


Partiendo de una premisa dudosa —nada es verdad ni mentira—, desde hace más de 24 meses, el planeta sólo escucha, lee, ve —al menos en España—, que un coronavirus, concretamente el SARS-CoV-2, afecta a los seres humanos, sobre todo contagiando más que matando —311.276.893 contagios y 5.514.058 fallecidos a las 10:41 del 11/01/2022—, es decir, una cortina de humo transmitida frívolamente mediante cifras dramáticas en directo como nunca se habían atrevido a hacer los medios de comunicación, fundamentalmente subvencionados con dinero de los contribuyentes, obedeciendo las directrices marcadas a fuego por la voz de su amo.

La respuesta gubernamental ha sido el confinamiento de personas sanas —asintomáticas en el léxico político, que no médico—, en lugar de precatalogarlas de transmisoras, que lo son, pero nunca delincuentes, además de las contagiadas con síntomas más o menos graves, incluso críticos. No es un hecho aislado y actual, sino que paulatinamente la Política, en su egoísta beneficio, ha saprofitado a la propia Sanidad, al contar con una Medicina socializada desde hace más de ochenta años.

La obligatoriedad de usar mascarillas, ya sean quirúrgicas —están confeccionadas para ser únicamente útiles en el área quirúrgica—, ya sean hechas a base de cualquier tela, choca con la libertad individual de utilizarla voluntariamente, haciendo pensar que lo fundamental y políticamente correcto es que todo ser humano esté embozado.

La U.E. —léase Unión Europea— angustiada a mediados de 2020, demostrando inexperiencia, firmó un protocolo del que aún se desconocen los términos de las cláusulas y contrapartidas con media docena de laboratorios farmacéuticos, en el que fundamentalmente se los excluye de responsabilidad penal, si se producen efectos secundarios letales, secuelas imprevistas, al aplicar intramuscularmente un producto en fase experimental, mientras hacen responsables a los gobiernos que los compran. De ahí que la administración se haga mediante envases multidosis, manipuladas por sanitarios, de manera que, la responsabilidad, si la hubiera, sería a cuenta del manipulator, nunca del fabricante, porque hasta la fecha todas las vacunas eran expendidas en unidosis prestas a inyectar.

A esto hay que añadir que apenas se cita la vacuna rusa –llamada Sputnik V–, retirada del mercado occidental, hecho que ha provocado que en Rusia, y como contrapartida, para un turista no tenga validez otra vacuna que no sea la suya, y deba someterse a sus leyes.

Por último, las cifras transmitidas por los medios de información se olvidan fácilmente, pero para eso está la comparación tras la consulta estadística: tomando como ejemplo una semana del presente año se inicia con el triple de contagios, con más de un cuarenta por ciento menos de hospitalizaciones, con un treinta por ciento menos de pacientes en UCI/UVI, con un setenta y cinco por ciento menos de fallecidos por coronavirus SARS-CoV-2, que hace un año.


ALFONSO CAMPUZANO

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viernes, 24 de diciembre de 2021

LA AUTOCOMPLACENCIA MANTENIDA

El sendero de la vida es tortuoso, tanto en lo material como en lo espiritual, salvando obstáculos hacia la adaptación y evolución en contra de la desaparición — Alfonso Campuzano


Los humanos son seres sociables por naturaleza. Lo que está ocurriendo, gracias al coronavirus SARS-COV-2, y desde hace veinticuatro meses, es algo nunca relatado: confinar a personas sanas —llamadas vulgarmente asintomáticas con fines intimidatorios— señaladas por la autoridad como si fueran enfermas, que no lo son, que pudieran ser transmisores, en el peor de los casos —porque la inmunidad individual y la genética familiar juegan un importantísimo papel como para ser mucho más cautos—, pero el vocablo ha desaparecido del diccionario particular, y no interesa.

La Medicina socializada es lo que tiene —y desde hace más de ochenta años: un beneficio teórico, pero según qué partido político gobierne—, que está a las órdenes de la Política, pese a estar pagada con los impuestos de los contribuyentes, aunque no gestionada por ellos pues, si lo estuviera, se aprendería de los errores y no de las múltiples y nefastas ocurrencias casi diarias.

La Ley Electoral debería ser derogada para exigir que personas sin valores morales, sin salud mental contrastada mediante un certificado médico, sin currículum académico universitario, sin tener un trabajo reconocido y de responsabilidad, para saber interpretar los escritos que redactan para otros, que no para ellos, asalten la soberanía de todos los españoles, porque los votantes se juegan su propio dinero y su propio porvenir.

Sin embargo, los políticos actuales —una generación que nació a la sombra del perdón—, artífices de pocas leyes, y múltiples decretos, han tomado ejemplo de la época preconstitucional, mientras se autocomplacen, descubren la censura como método de gobierno, se acobardan, por si acaso necesitan del apoyo de innombrables.

Ha nacido la obsesión por vacunar a toda la población mundial —casi ocho mil millones de seres humanos— cuando ninguna vacuna supone inmunidad absoluta, sino más bien relativa, con posibilidades de repetir dosis, incluso hasta el infinito, como ocurre con la vacuna contra la influenza —vulgarmente llamada gripe—, ante una enfermedad infecto-contagiosa proveniente de Oriente —como casi todas, por no decir todas—, y que cada país ha adoptado unas medidas sanitarias sin contrastar, según sus expertólogos sanitarios, una teledirección chocante, muchas veces, con el sentido común y la propia Historia de la Medicina.

Las decisiones han sido más políticas que sanitarias, imponiendo más que rogando, sin cumplir con derechos y libertades individuales, utilizando el retorcimiento amedrentador en dígitos, con los medios de comunicación importantes subvencionados, en un intento complementario de destruir la economía, sobre todo el sector primario como es la agricultura y ganadería, sin el cual la supervivencia social es muy compleja. Y, para colmo, con la muerte en directo desde hace 24 meses, pese a que las cifras diarias no llegan siquiera al 1%.

Un recuerdo para Radio París, con sus emisiones en español casi a medianoche, con sus noticias publicadas en Francia, que no en España, durante la época preconstitucional. Actualmente, hay que buscar hemerotecas y videotecas de periodistas independientes de las cadenas subvencionadas con dinero de los contribuyentes. Sólo aquellos que han vivido dos regímenes antagónicos son los únicos que pueden comparar ambas censuras, y sin apoyarse en historiadores.


ALFONSO CAMPUZANO

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jueves, 16 de diciembre de 2021

CHARADAS QUE NO CESAN

La imaginación estimulada crea fabulaciones, muchas veces por aburrimiento y sin fin alguno, que son interpretadas armoniosamente por otras personas – Alfonso Campuzano


Desde principios del siglo XX las predicciones sobre el fin de la existencia de los seres vivos ha ido incrementándose, sin ningún remordimiento, y sin correr a collejas a quien levanta falsas profecías porque, para bien o para mal, no se han cumplido ni posiblemente se cumplirán, aunque no cejen en el empeño de que puede que acierten parcialmente.

Corría el año 1953 cuando saltó a los periódicos la noticia fatídica de que el petróleo —un combustible denominado fósil— se acabaría en un par de décadas, con el consabido retroceso a la Edad de Piedra, según que imaginación fuera protagonista, olvidándose de que Jacques Bergier anunciaba que todos los planetas albergan petróleo. Sin embargo, no se cumplió y, como ocurre con la clarividencia, se apostó de nuevo alargándola hasta el 2043, lo cual quiere decir que tampoco se cumplirá, pese a que los gobiernos occidentales —nunca los orientales— se dedican a inundar los medios de comunicación de terroríficas ideas para cambiar la gestión de energías a su antojo.

Por esta misma época, y en esta misma línea, los visionarios de turno se atrevieron a pulsar la intranquilidad de que, en una veintena de años, el planeta se enfriaría. Sin embargo, al fallar, osaron vaticinarlo nuevamente para el año 2030, en contraposición con el calentamiento.

La pandemia de gripe asiática de 1957 ocasionó dos millones de fallecidos. La gripe de 1968 con un millón de muertos. A partir de aquel año se han desarrollado varias pandemias con diferentes nombres, y siempre han tenido su origen en el lejano Oriente, atemorizando a Occidente, pero sin trascendencia alguna –el Síndrome Respiratorio Agudo de China de 2002 por coronavirus SARS-COV-1 con mil fallecimientos; la Gripe Aviar de 2005 con sesenta y cuatro personas muertas; la Gripe Porcina de 2009 con diecinueve mil muertos; el Síndrome Respiratorio de Oriente Medio por coronavirus MERS-CoV con sesenta y seis fallecidos– hasta la llegada de la pandemia por coronavirus SARS-CoV-2 que, hasta la fecha, han fallecido más de cinco millones de personas.

Cuando en los años setenta del siglo pasado ciertos científicos se alarmaron, pusieron el grito en el cielo —nunca mejor expresado—, al observar que la capa de ozono estratosférico se adelgazaba advirtieron que en una década desaparecería, perjudicando a los seres vivos; sin embargo, tampoco acertaron estos taimados amedrentadores de salón.

En la década de los ochenta, aunque se venía observando, desde finales del siglo XIX, que la lluvia caída, cercana a la industria pesada, era más ácida de lo normal debido a las emisiones de humo, se alertó porque tenía un pH más bajo de lo habitual, hecho que permitió conjeturar que la agricultura desaparecería en años venideros. Detalle que aún se espera.

Y para colmo, se descubre una infección generada por un lentivirus que produce la inmunodeficiencia humana (VIH), una amenaza global, que ha causado 35 millones de muertos en los últimos cuarenta años, y que aún no hay vacuna ni se la espera.

Finalizando el milenio, según ciertos investigadores, quizá por una anomalía meteorológica o, mejor dicho, porque se olvida fácilmente que vivimos en una era interglaciar, se atrevieron a pronosticar que el hielo de ambos polos desaparecería en la década siguiente. Pero aún sigue resistiendo el deshielo ante el rechinar de dientes de los que fallaron.

Al mismo tiempo cundió la alarma ante el llamado Y2K, vulgarmente bautizado como Efecto 2000 o Error del milenio, miedo a que la informática pudiera fallar causando caos en empresas y países, destruyendo todo lo imaginable, pero nada grave ocurrió, salvo anécdotas parecidas a las de una noche cualquiera.

Tras el ataque terrorista al World Trade Center newyorkino en septiembre de 2001, y durante varias semanas, personas ligadas a la política y al periodismo recibieron cartas que contenían esporas de carbunco, de manera que la imaginación se desató declarando que la nueva forma de bioterrorismo acabaría con la Humanidad; sin embargo, quedó en una especie de revancha muy particular.

Los espectáculos de salón han existido siempre en cotos cerrados; sin embargo, dado que los medios de comunicación facilitan la información casi inmediata olvidan que la Naturaleza se adapta a la mano del hombre, aunque se vez en cuando se sacuda con terremotos, huracanes, maremotos, para marcar distancia y hacer la selección que más desea.


ALFONSO CAMPUZANO

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