viernes, 30 de septiembre de 2016

TAUROFILIA vs TAUROFOBIA


Si la especie humana tiene libre albedrío, nadie puede imponer su adoctrinamiento sobre ancestrales costumbres y cultura – Alfonso Campuzano


La tauromaquia, en general, gusta a todo el abanico de partidos, es decir, no es patrimonio de nadie, como pretenden hacer ver ciertas organizaciones intoxicadoras cuando señalan el ala derecha del hemiciclo parlamentario, y no está bendecida por ningún signo político.
La confrontación mediante la aparición de provocaciones gestuales y orales, mínimamente pacíficas, en busca de publicidad, surgidas a partir de partidos políticos denominados humanizadores de animales salvajes, aparte de ser incorrecta su forma de manifestarse, desconocen que se están deshumanizando y animalizando a partes iguales a través del abuso, de la confusión y de la perversidad, pues sus acciones muestran el alcance dictatorial, que no democrático; disuadiendo sin convencer; violentando sin pacificar; imponiendo sin respetar; hostigando sin agradar.
Llama la atención todo lo referente a la humanización de la bestia. O la bestia es humana y el humano es una bestia o alguien ha perdido los papeles, pero esta pretensión vende bien porque la prensa, que ni entra ni sale, simplemente da la noticia, necesita de estas necedades para desarrollar su cometido social. Y allá cada uno con su dosis diaria de ignorancia.
Está bien defender a la especie animal del maltrato, pero dicha defensa no significa que se pueda caer tan bajo como para ofender a la especie humana, porque la naturaleza humana es inigualable a la naturaleza animal.
Se alude con cierta frecuencia, por boca de ciertos fluidos animalistas, con evidentes signos de acosamiento conceptual, a la consciencia, a la dignidad, a la ética de la especie animal cuando nada de lo que intentan adoctrinar existe en dichos seres irracionales. Tratar de empatizar con un animal irracional es descender en la escala del raciocinio.
La consciencia es un término que sólo puede emplearse en los seres racionales, como la especie humana, provista de albedrío, juicio, solvencia y nunca en seres irracionales, como los pertenecientes a la especie animal, cuyo cerebro aún no se ha desarrollado convenientemente.
La dignidad es propia de los seres humanos que tienen libertad y son capaces de crear con responsabilidad, seriedad, respeto a sí mismo y hacia los demás mediante la tolerancia, algo que no tienen los seres irracionales.
La ética es privativa de la especie humana, ya que el animal irracional no sabe distinguir entre el bien y el mal, ni siquiera entiende de moral y, menos aún, de comportamiento con sus semejantes.
Extremo estúpido es proporcionar protección jurídica a los animales, que jamás entenderán los propios interesados. Las palabras, no entendidas por el animal defendido, y sí escuchadas por todos los humanos, que sí lo oyen, maltratan.
Sorprende leer o escuchar infinidad de veces, cuando se retrata una excepción, que las alimañas no atacan a la especie humana, si no es por defensa. Inmenso error, que llega a costar vidas humanas. Si una alimaña o varias causan problemas a la especie humana debería utilizarse el bisturí para cortar por lo sano, tal y como se hace para curar un tumor en cirugía. Nada de paños calientes, sino soluciones más controladas, a fin de evitar riesgos en sanidad ambiental, en tranquilidad, en seguridad y en salubridad.
Si los animales, según sus súpermegahiperprotectores, sufren desde que nacen, habría que preguntar a la especie humana, con sus catástrofes, sus guerras, sus hambrunas, uno por uno, y escuchar qué responden.

Los amantes de las cuatro patas, militantes animalistas, portadores de una figura psiquiátrica llamada manía persecutoria, hacen alarde de una doble moral, hipocresía defendiendo a la especie animal sin defender a la especie humana, formando parte de una variante clínica denominada exhibicionismo de la bondad, encasillados dentro del organigrama de cierto poder político europeo, según el psiquiatra Dr. Verrecken.

Alfonso Campuzano

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