viernes, 23 de enero de 2015

CICLO CLIMÁTICO


Desde la toma de conciencia de una cultura general, pues supuestamente nadie ignora lo que representa un ciclo climático antes no se llamaba así, por lo menos éste es el recuerdo que en los planes de estudio anteriores a los múltiples que ha habido en los últimos cinco lustros– cuya existencia se evidencia desde que el mundo es mundo, toda glaciación va precedida de un calentamiento o período interglaciar, tanto una como otro, siempre global, tal como el que nos encontramos, queramos reconocerlo o no, se pongan como se pongan los gurús agoreros, y viceversa.
¿Miedo a un calentamiento o a un enfriamiento? Pero si estos procesos, en un planeta habitable con vida propia como es la Tierra, son naturales. Este ser vivo tan cercano, tan desconocido, que cada vez que se despierta y bosteza, pone en el sitio que corresponde a todo bicho viviente, incluida la especie humana.
Existe un bombardeo sombrío, casi diario, con que este planeta, poco a poco, está sufriendo un progresivo calentamiento global, que es como lo hace el calor al vivir, como vivimos, la existencia intermedia entre la quinta o última glaciación, llamada Würm/Wisconsin, que duró unos cien mil años, que finalizó hace unos doce mil años, dando lugar al ¿diluvio universal?
Al estar viviendo, como vivimos, consciente o inconscientemente, esta era interglaciar, con sus cambios, reconocidos o no, teóricamente es lógico pensar que cada día que pasa debería estar cada vez más cerca, no hay una mínima duda que llegará, la que será denominada la sexta glaciación, pero ¿cómo sorprenderá a todas las especies?
El frío, cuando aparece, apenas avisa, irrumpe con brusquedad. Aunque el planeta se caliente, como dicen. Da igual. Mal que pese, ahora toca estar en un período interglaciar/calentamiento, toca que se deshiele el Océano Glaciar Ártico y Antártico cambiando el escenario futuro del clima en los continentes con efectos impredecibles, alterando la cadena alimenticia marina; la acidificación, la densidad, la temperatura del agua; las corrientes oceánicas; el nivel del mar; la meteorología provocando de tormentas más potentes; etcétera. Nada nuevo ni extraño, pues a un ciclo le sigue otro de efecto y signo contrario, y sin solución de continuidad.
Así es la vida. Podía haber tocado lo contrario: el período glaciar, que vendrá, sin dudarlo después de este calentamiento, que nadie sabe lo que durará. Y de algo hay que quejarse. Y, sobre todo, echar la culpa a otro. Que si tal o cual energía, que si el anhídrido carbónico, que si la capa de ozono, que si la superpoblación, que si los regüeldos de las especies animales. ¿Y qué? Esto es lo que hay. ¿Preocupación? Relativamente. Pues no todo lo que se piensa se consigue.
Como para videntes ya están los meteorólogos, que utilizan unos métodos bastante acertados, que no ciertos, y como Nostradamus parece ser que falleció hace tiempo, lo sensato ante los calentólogos y los glacialólogos es votar por la incertidumbre.

Alfonso Campuzano
            
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sábado, 17 de enero de 2015

EL GRAN ENGAÑO


Es más que probable, aunque difícil de contrastar, tras los años transcurridos, y visto lo visto, que la rebelión de los barones del antiguo y desaparecido partido político Unión de Centro Democrático (U.C.D.) tuviera como finalidad continuar con la corrupción más ampliada y mejor repartida entre los nuevos y inexpertos políticos de aquel recién inaugurado Régimen Partitocrático.
Hubo una época en que no se notaba tanto. Las autoridades competentes, pretendiendo ser transparentes forjaron su vida política, durante casi 40 años, hicieron la vista gorda y miraron hacia otro lado, siempre en su propio beneficio, ayudados por el sistema parcialmente desmantelado, añadiendo paulatinamente a más personas dispuestas a ordeñar la vaca estatal, a punto de escosarse, sin darse cuenta de que si no hay para la sociedad tampoco va a haber para ellos haciéndose realidad a medida que se han ido ampliando las redes hasta la cadena se ha roto.
Los políticos se olvidan que, una vez que los contribuyentes pagan sus impuestos, con su gestión, si está bien hecha, pocas veces, deben revertir en forma de servicios y prestaciones, pero el reino de España, a base de engaños reiterados, se ha ido convirtiendo en un Estado incapaz, a base de un Gobierno timorato, que claudica nada menos que por la intimidación de ciertos políticos, sus bisagras electorales catalanas, a los que les ofrecen y les regalan lo que piden con menoscabo del resto de las regiones españolas.
¿Qué país tiene un gobierno cuyo partido es un colchón de corruptos, igual que el partido de la oposición y el resto de los partidos, incluidos los llamados nacionalistas? La respuesta es que posiblemente ningún país primermundista. Estamos en tiempo de rebajas. Y nuestro horizonte ha descendido. Estamos a punto de pertenecer al club de los bananeros y, encima, a punto de conquistar el grado de ambiente populista donde se han excluido los valores históricos; se ha agrandando la chapucera imposición y composición del Estado de las Autonomías; se sigue manteniendo un reglamento plebiscitario favorecedor del resurgimiento ponzoñoso de las tendencias regionalistas.
Después de una crisis negada desde la evidencia cegueril del ex presidente JLRZapatero, ZP, surge Perico de PSOE, compañero de viaje ideal y necesario para destruir el actual Estado español, ante la prueba irrefutable de sus declaraciones en cuanto toma entre sus manos un micrófono: su bisoñez no engaña.
Ante todo esto, el Ejército español actualmente neutral, mientras no se le pida lo imposible, tal que ver utilizar unas tijeras para cortar un mapa de España que perdura desde  hace más de quinientos años, parece el único estamento, según la Constitución española, dispuesto a defender la tierra española. Porque un militar, todo hay que decirlo, jura y besa ante un símbolo que representa un territorio irrenunciable y por el que está presto a derramar su sangre, mientras que un político jura o promete ¿ante...?, conspirando cada día contra la Constitución, para abjurar o negar impunemente, según su propia codicia.
Queda poner sobre el tapete el ejemplo regulador de buenas prácticas, emprendidas por S.M. el rey Felipe VI, que debería espolear a los políticos para ser austeros y honestos en la administración de la Hacienda encomendada por los españoles.

Alfonso Campuzano
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lunes, 12 de enero de 2015

EXPERIENCIA POLÍTICA


Cuando en julio de 1976 S.M., el actual rey emérito, don Juan Carlos I, tomó las riendas, decidió que quería una democracia, instauró una era que todavía está dando frutos dentro y fuera de España. Lo cómodo para el resto de las instituciones hubiera sido continuar todo como estaba, pero si se hubiera decidido por el inmovilismo sí que  estaríamos inmersos en una República de desastrosas consecuencias o, algo peor aún, en auténticos reinos de Taifas, que es a lo que se está tendiendo paulatinamente, si no se toma en cuenta la Historia. Aquella madura e inteligente decisión le valió tan largo reinado.
Es posible, a fecha de hoy, no se pone en duda, que exista algún sobreviviente o descendiente de personas que añore aquellas dramáticas épocas de los años treinta. La experiencia de aquella institución, nada provechosa, sólo sirvió para transmitir malos resultados. Por el contrario, actualmente existe un porcentaje bastante elocuente que puede opinar objetivamente sobre los largos treinta y nueve años que un monarca, con más virtudes que defectos, ha reinado como jefe del Estado y varios gobiernos de diferente signo político. Si el rey reina, pero no gobierna, cualquier fallo que ha podido haber no se puede achacar a la institución monárquica, ni mucho menos, sino al gobierno de turno, según las reglas del juego político creadas por la misma política.
La experiencia monárquica durante estos casi ocho lustros ha sido próspera, en su conjunto, por lo que sería más que justo dar generosamente un voto de confianza, al haber tenido más aciertos que desaciertos. Sobre todo gracias a los discursos institucionales que, en cada momento, en la medida de lo posible, ha intentado corregir ciertos devaneos políticos que la sociedad reclamaba, otra cosa es que estos lo hayan aceptado o se hayan dado por enterados, por lo que los desaciertos políticos nada tienen que ver con la Monarquía.
Aquellos ilusionados que creen que una República española, desconocida totalmente para la población actual, va a ser más democrática que una Monarquía parlamentaria, conocida su función desde hace dos generaciones, está total y absolutamente equivocado. Un error de bulto es pensar que una institucitico,﷽﷽﷽﷽﷽ es nada democas que ñtras que ñlas monarquherederos visto que existen, es. ón republicana va a resultar más barata que una institución monárquica, aunque a ambas, como a todas las instituciones hay que atarlas muy, pero que muy, corto. En cuanto a la tan traída y llevada herencia hay que decir que todas las instituciones que se conocen utilizan herederos. Así, los partidos políticos, cuyo régimen interno no es ni mucho menos democrático, utilizan como heredero lo que diga su dedo salvador, mientras que las monarquías utilizan la sangre como herencia.
De lo que puede presumir el reino de España, y hacer publicidad actualmente, es de experiencia monárquica, que no es poco, bien demostrada al haber conseguido traspasar el largo túnel del directorio militar a una partitocracia parlamentaria, echándose de menos una auténtica democracia, porque existen evidentes guiños hacia el involucionismo.
Entre tanto, si se trata de experimentar, experimentos sólo en el laboratorio, y los justos, siempre en manos de profesionales científicos, sin olvidar que todo nuevo gobierno es tan represor como ha podido ser el precedente y el ulterior, aunque siempre con matices. El sistema actual sólo se hundirá si se deja de actuar impunemente a ciertos estratos sociales inmorales.
La institución monárquica en España, se puede decir claro y no más alto, no necesita alternativa, aunque sí una rehabilitación, sin olvidar que los políticos aún no han reseteado sus ideas decimonónicas trasnochadas para el siglo actual.

Alfonso Campuzano

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lunes, 5 de enero de 2015

ATIPIA CLIMÁTICA


La historia general de la vida en el planeta Tierra tiene infinidad de capítulos inconexos y deslavazados con muchos más agujeros negros que puntos de luz. Sin embargo, una vez descubiertos y analizados, se transforman en una aurora, aunque difícilmente se traducen y tienen cabida en los libros oficiales.
La impresión actual que da, tanto para los divulgadores como para los simpatizantes, es que los períodos fríos siempre han sido más largos que los cálidos. Sin embargo, dada la ciclogénesis de este planeta, si la última edad de hielo está datada hace unos casi trece mil años, última glaciación conocida, momento en que variando la temperatura paulatinamente hacia el calentamiento, llamado últimamente global, quiere decir que, en cualquier momento, reaparecerá nuevamente la siguiente glaciación, se acepte o no, porque el deshielo da lugar al hielo, y así sucesivamente, mientras este planeta no desaparezca.
Es así como el planeta Tierra, con el paso de los siglos y de los milenios, varía su temperatura, siempre ayudada por la mano del hombre que busca la evolución y no el anclaje de los seres vivos, pues según la época, unas especies tienden a desaparecer para que otras aparezcan, y se adapten al medio.
Un planeta cuyo medio líquido ocupa tres cuartas partes no debería  desarrollar más que tecnología para aprovecharla y no preocuparse, como se preocupan cada vez más por la falta de agua, lo que significa falta de ideas. El agua está a la vista, está en los océanos, está en los ríos, está en el subsuelo, por lo que descubrir la tecnología para poder utilizarla es un reto para un futuro inmediato.
Cada medida del tiempo que se utiliza con la correspondiente fase de cambio climático el planeta se adapta lo mismo que el género humano, cuando es consciente, quizá tarde, pero lo hace. Los derrotistas quieren preparar a la población sola y exclusivamente para un posible calentamiento, pero ¿también para una glaciación, por si acaso sus previsiones están equivocadas? Es difícil ponerse de acuerdo en un tema en el que no hay unanimidad de criterios a la hora de analizar los estudios con modelos climáticos actuales sin que exista una hipótesis correcta, no porque no pueda serlo, sino porque nadie conoce dónde habita la verdad para seguir su camino. Dada la tecnología actual, cuando se propone dar un ejemplo de algo saltan miles a la palestra, lo cual no quiere decir que el sendero seguido sea el verdadero si se desconocen la mayoría de las leyes naturales. La Humanidad camina entre sombras.
La naturaleza tiene una ley máxima, que utiliza una parte de la especie humana para hacer demagogia barata, que se puede reconocer o no, aplicada a todos los reinos y especies que pueblan este planeta Tierra, que al olvidarla aparecen las catástrofes irrecuperables con lamentaciones hipócritas, dependiendo de que se entienda en su totalidad: sólo sobreviven los más fuertes, que no se olvide, en todas las especies, aunque se gasten cantidades ingentes de dinero en programar su supervivencia.
Todos los países se diferencian por su economía y eso hace que no se pongan de acuerdo. En todo aumento de temperatura puede ocurrir, sin avisar, un estancamiento, incluso un enfriamiento temporal que, si se perpetúa, puede abocar a un enfriamiento global, hasta ahora, no contemplado. Si la totalidad del planeta consiguiera aunar sus esfuerzos en hacer lo que ciertos grupos obsesionados por lo que llaman cambio climático, en busca de unos beneficios medioambientales egoístas, posiblemente lo que consigan es lo contrario del calentamiento, es decir, el enfriamiento, y nos adentraremos de golpe en la siguiente era glaciar, que a punto está. 
Es difícil enunciar una premisa verdadera porque no se sabe siquiera si ésta existe, por lo que cualquier premisa puede ser desbaratada por falsa. Los sistemas climáticos Ártico y Antártico son diferentes y también el grosor del manto de hielo. Los casquetes  polares son cada vez mayores. Cada generación tiene que resolver su propio experimento.
Cuando los gurús del clima hablan de reducir los gases en la Tierra se olvidan que la especie humana suma siete mil millones de habitantes y que existen casi ocho millones de especies animales, aunque sólo se conocen algo más de un millón, emitiendo regüeldos a placer.

Alfonso Campuzano
            
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