lunes, 12 de enero de 2015

EXPERIENCIA POLÍTICA


Cuando en julio de 1976 S.M., el actual rey emérito, don Juan Carlos I, tomó las riendas, decidió que quería una democracia, instauró una era que todavía está dando frutos dentro y fuera de España. Lo cómodo para el resto de las instituciones hubiera sido continuar todo como estaba, pero si se hubiera decidido por el inmovilismo sí que  estaríamos inmersos en una República de desastrosas consecuencias o, algo peor aún, en auténticos reinos de Taifas, que es a lo que se está tendiendo paulatinamente, si no se toma en cuenta la Historia. Aquella madura e inteligente decisión le valió tan largo reinado.
Es posible, a fecha de hoy, no se pone en duda, que exista algún sobreviviente o descendiente de personas que añore aquellas dramáticas épocas de los años treinta. La experiencia de aquella institución, nada provechosa, sólo sirvió para transmitir malos resultados. Por el contrario, actualmente existe un porcentaje bastante elocuente que puede opinar objetivamente sobre los largos treinta y nueve años que un monarca, con más virtudes que defectos, ha reinado como jefe del Estado y varios gobiernos de diferente signo político. Si el rey reina, pero no gobierna, cualquier fallo que ha podido haber no se puede achacar a la institución monárquica, ni mucho menos, sino al gobierno de turno, según las reglas del juego político creadas por la misma política.
La experiencia monárquica durante estos casi ocho lustros ha sido próspera, en su conjunto, por lo que sería más que justo dar generosamente un voto de confianza, al haber tenido más aciertos que desaciertos. Sobre todo gracias a los discursos institucionales que, en cada momento, en la medida de lo posible, ha intentado corregir ciertos devaneos políticos que la sociedad reclamaba, otra cosa es que estos lo hayan aceptado o se hayan dado por enterados, por lo que los desaciertos políticos nada tienen que ver con la Monarquía.
Aquellos ilusionados que creen que una República española, desconocida totalmente para la población actual, va a ser más democrática que una Monarquía parlamentaria, conocida su función desde hace dos generaciones, está total y absolutamente equivocado. Un error de bulto es pensar que una institucitico,﷽﷽﷽﷽﷽ es nada democas que ñtras que ñlas monarquherederos visto que existen, es. ón republicana va a resultar más barata que una institución monárquica, aunque a ambas, como a todas las instituciones hay que atarlas muy, pero que muy, corto. En cuanto a la tan traída y llevada herencia hay que decir que todas las instituciones que se conocen utilizan herederos. Así, los partidos políticos, cuyo régimen interno no es ni mucho menos democrático, utilizan como heredero lo que diga su dedo salvador, mientras que las monarquías utilizan la sangre como herencia.
De lo que puede presumir el reino de España, y hacer publicidad actualmente, es de experiencia monárquica, que no es poco, bien demostrada al haber conseguido traspasar el largo túnel del directorio militar a una partitocracia parlamentaria, echándose de menos una auténtica democracia, porque existen evidentes guiños hacia el involucionismo.
Entre tanto, si se trata de experimentar, experimentos sólo en el laboratorio, y los justos, siempre en manos de profesionales científicos, sin olvidar que todo nuevo gobierno es tan represor como ha podido ser el precedente y el ulterior, aunque siempre con matices. El sistema actual sólo se hundirá si se deja de actuar impunemente a ciertos estratos sociales inmorales.
La institución monárquica en España, se puede decir claro y no más alto, no necesita alternativa, aunque sí una rehabilitación, sin olvidar que los políticos aún no han reseteado sus ideas decimonónicas trasnochadas para el siglo actual.

Alfonso Campuzano

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